Notas previas: Antes de comenzar este relato, quisiera pedir disculpas si el uso de algunos términos italianos relacionados con el ámbito hotelero no es del todo preciso. No hay en ello más intención que la literaria, y cualquier imprecisión nace del afecto y la admiración por la lengua italiana y su cultura. Un amigo francés me ha dicho que el uso de esos términos sin un conocimiento exhaustivo es una auténtica ‘boutade’, es decir, utilizar una terminología que, por desconocimiento, no hay que tomarla al pie de la letra. En segundo lugar, también quiero pedir disculpas por la extensión del relato.
El sábado, a las dos de la madrugada, Roma aún brillaba caliente, pero muy hermosa. Había sido un viernes muy duro. Un sol a plomo sin piedad hizo que las gotas de sudor se frieran cual huevos a la plancha. La metáfora del tassista hizo sonreír a Asun y a Jaime que dormitaban en el asiento trasero con desinhibida naturalidad. ¿Castigo de los dioses romanos? Nadie lo sabe.
―A alguno de ellos se le habrá ido la mano, les comentó el tassista que los llevó del aeropuerto al hotel. Agosto se caracteriza por ser muy caluroso, asfixiante incluso, pero también es notable su ritmo pausado y veraniego. Es una ciudad que respira muy despacio, como si se pudiera permitir el lujo de no avanzar en el tiempo. Dicen que es ideal para historias de deseo sin promesa, encuentros que no quieren definirse y silencios que pesan más de lo habitual.
Como llegaron al palazzo pasadas las dos de la madrugada, se dirigieron con toda rapidez a la habitación que tenían reservada. Ducha y cama. Nada más. El cansancio acumulado los ayudó a que no tardaran ni un minuto en quedarse dormidos.
Jaime abrió los ojos antes de que sonara el despertador. Estaba muy nervioso. Histérico, diría su madre. Tenía treinta años y el cuerpo de alguien que aprendió a cuidarse con disciplina desde la adolescencia: hombros anchos, cintura limpia y una musculatura definida sin ostentación. Su aspecto era atractivo incluso cuando vestía sólo bañador, que es una prueba de fuego para muchos. Un tío suyo, que lo operó con urgencia de una apendicitis muy complicada, manifestó orgulloso que poseía un desnudo masculino de líneas equilibradas y una gran elegancia natural. Cuando iban a la piscina del Apóstol Santiago, era envidiada por su amigos y primos argumentando que con esa fachada no tenía rival ante las chicas. El cabello castaño, peinado con un orden casi militar. Todavía no había tonsura en su coronilla y eso le daba una aplastante seguridad cuando iba al fútbol con un amigo y el que estaba detrás de él, al ver una tupida cabellera, desviaba la mirada hacia la «claridad capilar» de su compañero de grada. Lucía barba recortada como si el mundo exigiera simetría. Al mirarse con detenimiento médico en el espejo del baño —mármol claro, toallas gruesas y una ducha que prometía alivio y restauración— pensó que mientras no le salieran canas, la iba a seguir llevando. Me da un punto de seriedad que necesita mi profesión, sentenciaba en silencio.
A las seis, al abrir la ventana de la habitación del palazzo, el aire era una sábana caliente que se pegaba a la piel, y el sol —todavía bajo— hacía brillar con delicadeza las losas como si hubieran sido enceradas durante la noche. Desde esa misma ventana, a pocos pasos de la Piazza di Spagna, el rumor temprano de los impetuosos repartidores subía como un murmullo acelerado.
Al contemplar desde la ventana la ciudad, lo primero que le envolvió a Jaime era una agradable sensación de ser parte de un escenario clásico y casi cinematográfico. Sus padres, cinéfilos de vocación y abogados de profesión, le hicieron ver de pequeño tres veces la irrepetible Vacaciones en Roma con los inolvidables Gregory Peck y Audrey Hepburn.
El suelo de la habitación, de mármol bruñido, reflejaba una luz cálida que invitaba al descanso. Los armarios, de madera maciza oscura, señoriales, majestuosos y de gran capacidad, se abrían muy generosos para acoger con elegancia y comodidad la ropa y los complementos de los viajeros. Los detalles en seda y tapices antiguos parecían susurrar historias de dignatarios y aventureros ilustres que han cruzado esa habitación desde su inauguración hasta hoy.
El aroma del bancone del ricevimento, con acceso directo a la sala colazioni, era una mezcla sutil de café italiano recién hecho y de flores frescas dispuestas en jarrones altos. El ambiente no era estridente, sino lleno de estudiada calma y discreta sofisticación. El personale di ricevimento, impecablemente uniformado, saludaba a los clientes por sus nombres antes incluso de que terminaran de sonreír. Era un staff atento sin ser pesado, como si supieran exactamente qué necesitaba el cliente incluso antes de que lo echara en falta.
Desde la recepción se podía entrever un salón amplio con candelabros ―chandeliers, dirían los cursis― brillando suavemente, obras de arte clásicas en las paredes y sillones profundos que invitaban a sentarse con un cóctel o un espresso fuerte, según fuera la hora. Caminando un poco más, una escalera elegante guiaba a los pisos superiores donde la vista sobre los tejados de Roma recordaba, sin palabras, que los «durmientes» estaban en el corazón de la Ciudad Eterna.
Era una sensación que mezclaba lujo antiguo con una hospitalidad que superaba cualquier expectativa. Suntuoso, sí, pero de una forma que hacía que incluso el huésped más crítico se sintiera cómodo y bienvenido.
Jaime sudaba muchísimo. Antes incluso de levantarse a abrir la ventana, el sudor ya lo tenía atrapado. El colchón rezumaba fuego, como la parrilla de San Lorenzo, por el calor y la humedad de Roma. La almohada, tibia, tirando a cocina de leña a fuego lento en pleno caldo gallego. El cuerpo, pegado a las sábanas como si estas no quisieran liberar la hermosa presa que habían atrapado. La elegante colcha de verano ―se olvidó de retirarla al acostarse―, adherida también a su piel con una insistencia tan íntima que casi sintió una provocación no deseada.
Jaime, después de abrir el ventanal de la habitación y de contemplar unos minutos la ciudad, se volvió a tumbar en la cama, donde permaneció inmóvil unos minutos. Aplastado contra la «ardorosa» cama por su propio peso y acobardado por una sofocante incomodidad, dudaba si moverse valía realmente el esfuerzo.
Se levantó y se dirigió al baño. Se duchó y se vistió con una elegancia natural nunca aprendida con unos vaqueros y una camisa blanca. Le dejó a Asun una nota en la mesilla en la que le comunicaba que salía a dar una vuelta y a disfrutar con el relente del amanecer. Nos vemos en la sala colazioni para desayunar.
Cerró la puerta de la habitación con suavidad para que Asun no se despertara y bajó en ascensor hasta la puerta de acceso a la calle. La addetta al ricevimento lo saludó con una musicalidad verbal que le espabiló un ánimo que estaba bastante decaído.
En Roma, el verano no perdonaba a nadie. No hacía distingos. Sin rumbo fijo, embocó la primera calle que se cruzó en su camino. El sudor le resbalaba por la espalda y se le quedaba atrapado entre la camisa y la piel, pegajoso, insistente. El aire parecía inmóvil, denso, como si la ciudad entera respirara calor. Cada paso sobre las piedras ardientes le recordó una frase de un buen amigo: en agosto en Roma no se vacaciona, se martiriza.
Asun dormía aún, boca arriba, con una sábana que no lograba decidir si cubrirla o rendirse a su físico. Tenía también treinta años, y una belleza que parecía improvisada: piel dorada, clavículas delicadas, pecho natural y proporcionado, cintura de reloj de arena y unas piernas largas que no pedían permiso. Su cabello castaño se desparramaba sobre la almohada como si hubiera sido arrojado con estudiado descuido por un estilista. Los labios, amplios, guardaban una sonrisa mínima incluso dormida. Ella era elegante sin voluntad, porque su elegancia no nacía del esfuerzo consciente, ni del cálculo, ni del deseo de causar impresión. Cuando se arreglaba lo mínimo para ir a trabajar, lucía de manera natural, casi accidental. Era atractiva sin plan. Es decir, no había intención de seducir, no había estrategia ni control. Su atractivo no respondía a un propósito, no buscaba un resultado. Y sudaba. Sudaba, como sudaba todo el mundo en Roma en plena ola de calor en el mes de agosto: sin pudor, sin tregua.
A Jaime le molestaba —le molesta en toda hora— esa humedad compartida que la noche le había dejado. El sudor era, para Asun, una prueba de vida; para él, un estorbo, una señal de desorden. Aun así, cuando él se despertó, la miró con un libidinoso deseo y con una esperanza que sabía en ese momento irrealizable.
Jaime regresó al palazzo para desayunar con Asun. Se asomó a la sala colazioni y la observó haciendo un pormenorizado examen del bufé libre. Ella seleccionaba lo que en esos momentos le apetecía y él se puso en la cola con la paciencia del que acaba de coger un número altísimo para que le realizaran una resonancia magnética. Tras la elección, se dirigió muy decidida a una mesa libre desde la que podía observar la piscina, en la que dos clientes con aspecto nórdico se estaban bañando. A los cinco minutos llegó Jaime y se sentó a la mesa frente a ella en silencio, que le sirvieron para hacer un análisis pormenorizado de la sala.
El hotel era un edificio lujoso, un palazzo, a la par que discreto. En el comedor, las mesas vestidas de blanco parecían recién instaladas y con una quietud aprendida a base del esfuerzo de los camerieri. El café olía a promesa, la fruta brillaba con una perfección en nada inocente y la bollería desprendía un aroma que invitaba a su inmediata degustación. Las bandejas con diferentes tipos de fiambre se mostraban con un generosidad que era muy difícil rechazar. Los compañeros de desayuno —fingidas parejas de fin de semana, viajeros de negocios vestidos con indumentaria veraniega y familias al completo— hablaban en un volumen de voz respetuoso, que sólo era violentado por los gritos de algunos niños que no sabían qué degustar.
Asun, con un vestido ligero que dejaba pasar el aire como una mentira amable y que se mostraba muy generoso en transparencias, terminó un primer cappuccino acompañado con dos minicornettos ―similares al croissant―. Se levantó de nuevo y regresó con un plato en el que lucía una selección de bufé salado, jamón, queso y huevos, y una rosetta recién horneada para untarla con miel y ricotta, ese queso fresco, ligero y cremoso que le entusiasmó. Además de otro cappuccino.
Jaime, con parsimoniosa apatía, iba degustando lo que había seleccionado en el bufé. Parecía cansado de nacimiento. Estaba enamorado de la belleza natural que exhibía Asun. Nada de retoques «cremosos» excesivos. Una fina película de gel hidratante mínimamente «casada» con un manto de sudor casi imperceptible.
—Roma, en agosto, no perdona —dijo ella saboreando un segundo cappuccino riquísimo—. O la amas así o no la amas, la odias. Y creo que tú estás en esta segunda alternativa.
—Yo prefiero cuando no hace tanto calor —respondió él, ajustándose la camisa—. ¿Hay aire acondicionado en este hotel? Para mí, que no. Con la transpiración y el calor todo se convierte en un escenario incómodo y pegajoso.
—Recuerda lo que nos dijeron en el bancone del ricevimento: el aire acondicionado en exceso reseca la madera, daña los barnices y ceras, afecta a los tapices y tapicerías y las puertas y cajones dejan de encajar bien.
—Chiquilla, ni que formaras parte del staff de este hotel. No muestras ni el más mínimo desacuerdo con una norma para mí castafiórica.
Asun rio. Aplaudió con admiración dos veces la «brillante» ocurrencia.
—El amor comprometido también es incómodo y pegajoso —sentenció con tono de provocación—. Y, aun así, mira qué bien viven algunos.
Jaime sintió el golpe bajo de esa frase.
Él buscaba, desde que se conocieron, una relación con reglas claras y compromisos definidos. Decía que no iba a encontrar a nadie mejor y que la vida había que programarla concienzudamente. Ella, desde el principio, cantó a la libertad como quien conocía la melodía desde niña. Le repateaban las programaciones. Según ella, feliz por la dosificada compañía que le ofrecía Jaime, solo los unía el cuerpo, la cama, esa atracción inmediata que no pedía explicaciones ni prometía nada más allá del instante. Según él, incluso esa atracción que parecía no prometer nada dejaba rastros: gestos, expectativas, una intimidad que no se explicaba solo desde la piel y una continuidad que no se agotaba en ese instante.
Caminaban por calles estrechas donde la sombra era un premio breve. Las fachadas parecían observarlos con ironía. Las fuentes ofrecían agua tibia, casi burlona. Asun avanzaba con una alegría insolente y tentadora. Jaime, obsesionado con el calor romano, medía los pasos, el tiempo y las palabras que no se pronunciaban.
—No me mires así —le soltó ella, de pronto—. No soy tu proyecto, joder, te lo he dicho mil veces.
—No te miro como mi proyecto —mintió él—. Te miro como se mira algo que todavía no se sabe cómo nombrar.
—Qué palabra tan pesada estás insinuando —dijo Asun, y aplaudió de nuevo, esta vez sin alegría—. El futuro con el que tú sueñas me da alergia, me produce un sarpullido emocional.
—No he pronunciado la palabra futuro, joder.
—Pero la has insinuado, que es peor. Si fueras sincero y hablaras a las claras, sin miedo, todo sería más fácil.
Como no querían discutir más, se entregaron a los escaparates de Roma, permitiendo que los reflejos, las vitrinas y las calles anchas amortiguaran lo que ninguno de los dos se atrevía a decir.
Cansados de mirar y no comprar, se acercaron a uno de los mejores restaurantes de Roma para intentar reservar una mesa. La respuesta fue un rotundo no, eso sí, muy educado. Después de dar mil vueltas en busca de un restaurante —parece que están aquí todos los turistas del mundo, dijo Asun— sin protestar, entraron en una pizzería cercana y se sentaron a comer. El calor era hiriente, casi ofensivo, y la conversación sobre el tráfico en Roma se volvió áspera cuando podía ser de lo más hilarante. Ella hablaba con una agresividad seca, cortante, mientras él insistía en un tono cada vez más cariñoso, como si el afecto pudiera suavizar el aire denso que se interponía entre ambos.
—Hace un calor insoportable, pero al final te enamoras de él —dijo él, intentando sonreír—. Cuando vuelva a casa me acordaré de esto con cariño y con cierta benevolencia.
—No sé cómo puedes bromear —respondió ella, sin mirarlo—. Desde que llegamos, todo está mal para ti: el calor, la gente, los precios de las tiendas y este sitio. Como dice Francesca, mi amiga romana de la universidad, que en agosto se va de la ciudad, como los inteligentes: Questo ristorante è una porcilaia. (Este restaurante es una pocilga).
—Solo intento que estemos bien, que no sea un viaje con mil chinchetas en los pies. Sé que es una mierda de sitio, pero no hemos encontrado otro. Cuando le preguntamos a Alessandra Conti, jefa sofisticada y autoridad tranquila del bancone del ricevimento, por un restaurante elegante, nos dijo que teníamos que haberlo reservado por teléfono o internet bastantes días antes. Lo hemos planificado muy mal.
Jaime la miró mientras ella se recomponía un poco de la caminata con un pañuelo de papel y un pintalabios.
—Asun, se respira ahora mismo aquí, entre tú y yo, una tensión que ni en una reunión familiar hablando de herencias. Cuando estamos solos eres más borde que un erizo con resaca. Silencio. Y yo quiero que haya buen ambiente.
—Pues deja de intentarlo —cortó ella—. Ahora mismo, eso lo empeora todo porque se te nota demasiado, y eso pone nerviosa hasta a la buena intención.
Terminaron de comer a toda velocidad y se tomaron de un trago el amaro que le ofrecieron los dueños porque les dijeron que era amargo, digestivo y muy italiano. Asun, si hubiera podido, lo habría escupido.
El sábado se estiró como una siesta interminable. Volvieron al hotel cuando el calor era un muro infranqueable. La habitación, a fuerza de tecnología, los recibió con un silencio que los invitaba a dormir y con un ridículo golpe de frescor, sepultado en breves segundos por el calor que expelían los cuerpos de Asun y Jaime. Compartieron la cama sin hablar. Cada uno con su teléfono móvil, se dedicaron a contestar los mil guasaps que habían recibido porque no habían consultado las redes desde la diez de la mañana. El sudor, otra vez, apareció como una tercera presencia.
Jaime, a la media hora, fingió quedarse dormido. Necesitaba dormir, pero su mente le llevaba por otros derroteros: Si pudiera decirlo de otra manera. Si el calor no me volviera torpe. Ella duerme y yo pienso en anillos, en mañanas repetidas, en una vida que no se aplaude, se construye. ¿Por qué su piel resbala cuando intento aferrarme a ella? Porque no es miedo ni repudio lo que siente, es deseo de independencia. Ella camina como quien no quiere dejar huellas, y yo, en cambio, ya estoy midiendo el terreno, calculando cimientos. Me esfuerzo por no sonar a cerrojo, por no confundir promesa con jaula. Pero cada palabra que ensayo pesa, cada gesto mío parece pedir recibo. La observo respirar y me pregunto en qué momento el deseo de quedarse conmigo empezó a parecer una exigencia. Quiero compartir el futuro como quien comparte una mesa, no como quien firma un contrato. Sin embargo, cuando hablo, se me cuela la prisa y, cuando callo, se me nota el plan. Tal vez amar sea aprender a esperar a que el silencio haga su trabajo. Quizá el compromiso no se pide, se encuentra, un día cualquiera, sin calor, sin torpeza, cuando ambos decidamos no irnos.
La relación era más estrecha de lo que parecía. Ella, de igual modo, se hizo la dormida. Fingía mejor que Jaime. Aparentando una respiración profunda, observaba de reojo la actuación ―muy mal interpretada― de él. Con una espontaneidad no refrenada, sonrió levemente.
Qué pesado es su silencio cargado de planes. Me desea, sí, y yo a él. Pero cuando suda se vuelve serio, como si el cuerpo le recordara algo que no quiere. Yo no vine a Roma a prometer nada. Vine a caminar sin mapa, a perderme en calles que no me pidieran explicaciones, a dormir mal y despertarme distinta. Vine a ser ligera, a no convertirme en proyecto de nadie. Y, sin embargo, ahí está él, mirándome como si yo fuera una idea que empieza a cerrarse, como si ya estuviera decidiendo por mí qué forma tiene el mañana. No me lo dice, pero lo pienso por él: estabilidad, horarios y una vida que se pronuncia en plural demasiado pronto. Lo quiero —o algo muy parecido—, y eso es lo que más me incomoda. Porque querer también puede ser una trampa si llega con planos adjuntos. Me gusta cuando ríe con espontaneidad, cuando habla sin planificación, cuando no espera nada, cuando el deseo es solo deseo y no un ensayo general del futuro. Pero en cuanto calla, siento que me empuja suavemente hacia un lugar donde no he dicho que quiera quedarme. No es que huya del compromiso. Huyo de sentirme escrita antes de tiempo. De ser una promesa cuando todavía soy una pregunta.
El domingo fue un desfile de contradicciones. Museos e iglesias que prometían la eternidad, gelatos que se derretían antes de llegar a la boca, miradas que se encontraban y se esquivaban. En una trattoria escondida tuvieron que compartir mesa con unos desconocidos que hablaban muy alto. Jaime observó una pareja anciana que comía en silencio, sincronizada. Asun puso sus ojos en un grupo de amigos que reían sin dueño.
—Eso —dijo ella, señalando a los amigos—. Eso quiero yo.
—Y yo quiero eso —respondió él, señalando a los ancianos.
—Entonces no queremos lo mismo.
La noche del domingo volvió a unirlos en la cama. No hablaron. Disfrutaron muchísimo. El sudor fue un argumento más que en esta ocasión no resultó un impedimento. El placer físico, que tenían tan sincronizado, los hacía sonreír, aunque sus realidades emocionales de futuro fueran muy diferentes.
Mañana, aeropuerto. Aún hay tiempo de convencerla. Roma ha visto nacer y consolidarse muchas promesas. Pensaba Jaime.
Mañana, aeropuerto. ¡Qué alivio! Necesito distancia. Roma ha visto morir demasiadas promesas. Pensaba Asun.
La madrugada del lunes llegó con un aire menos cruel. El aeropuerto, con un gélido aire acondicionado ―aquí no había nada que se pudiera deteriorar― era un pasillo interminable de llegadas y despedidas. Unas, alegres; otras, tristes; y algunas, las menos, indiferentes. Las potentes luces blancas y el frío no admitían romanticismos. Jaime sostuvo su maleta como si fuera una pregunta.
—Podríamos intentarlo —dijo, por fin, inseguro—. Con calma.
Asun lo miró incrédula porque no había entendido nada. No aplaudió. No cantó. No sonrió.
—No —respondió, cortante—. No vine para intentos.
Le dio un beso en la mejilla, seco, casi administrativo. Se dio la vuelta. El sudor, ya inexistente a esa hora y en ese lugar, no pudo estorbar. Y eso, para Jaime, fue lo más inhumano de todo.
—Roma me ha enseñado que las cosas bellas no duran porque sí, duran porque nadie intenta poseerlas del todo. Y yo, ahora mismo, solo puedo ofrecerte presencia sin garantía y calor sin juramento. Mañana… mañana ya veremos.
Cuando quiso contestarle Jaime ―no había sido capaz de asimilar sus palabras con celeridad―, Asun ya embarcaba con la decisión de un viandante madrileño. Lo hizo en primer lugar porque había cambiado su billete de turista a clase Business. Cuando cruzaba el finger, le sonó el teléfono con insistencia. La música era la canción de Alaska A quién le importa. Colgó el teléfono sin contestar. Dentro de unos días lo llamo. (A la sombra del verbo) (2026)